Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Sandis[2]! ¡Ya lo creo! —exclamó el gascón, que tenÃa puesta toda su esperanza en la carta para presentarse en la corte—. ContenÃa mi fortuna.
—¿Bonos españoles? —preguntó con inquietud el mesonero.
—Bonos de la tesorerÃa particular de su majestad —respondió D’Artagnan, que esperaba, gracias a aquella recomendación, ingresar en el servicio del rey y creÃa poder dar, sin mentir, una respuesta que tenÃa algo de aventurada.
—¡Diantre! —profirió el mesonero, ya verdaderamente disgustado.
—Pero no importa —continuó D’Artagnan con la impasibilidad de los de su tierra—; el dinero tanto me da, para mà lo primordial era la carta. Hubiera preferido perder mil doblones de oro.
No hubiese arriesgado más el mozo con decir veinte mil, pero cierto pudor juvenil le retuvo.
De improviso, pasó una ráfaga de luz por el cerebro del mesonero que, al ver que no encontraba la consabida carta, se daba a todos los diablos.
—La carta esa no está perdida —exclamó el buen hombre.
—¿DecÃs? —repuso D’Artagnan.
—Que la carta no está perdida; os la han robado.
—¡Robado! ¿Y quién?