Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—El hidalgo de ayer. Sí, recuerdo que bajó a la cocina, donde estaba vuestro jubón, y en ella permaneció solo. Apostaría que es él quien os la ha robado.

—¿Lo creéis así? —profirió D’Artagnan, poco convencido, porque sabía mejor que nadie la importancia personal de la carta y nada velaba en ella que pudiese despertar la codicia.

La verdad es que a ninguno de los criados ni de los viajeros presentes les hubiera reportado provecho la posesión de aquel papel.

—¿Conque vos sospecháis de aquel impertinente hidalgo? —prosiguió D’Artagnan.

—No me limito a la sospecha, tengo la seguridad de que es él quien os ha quitado la carta. Cuando le dije que vuestra señoría era el protegido de m. de Tréville y que teníais en vuestro poder una carta para aquel ilustre personaje, se puso imaginativo y me preguntó dónde estaba la susodicha carta. Se lo dije y al punto bajó a la cocina, en la que sabía que estaba vuestro jubón.

—Entonces él es quien me ha robado —repuso D’Artagnan—; me quejaré a m. de Tréville, el cual a su vez elevará mi queja al rey.


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