Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¡Ah!, señor —dijo Ana de Austria, fatigada de aquellos vagos ataques—, vos no me decís cuanto os dicta el corazón.

¿Qué he hecho yo? Vamos a ver, ¿qué crimen he cometido? Es imposible que vuestra majestad mueva tanto alboroto por una carta escrita a mi hermano.

El rey, atacado a su vez de una manera tan directa, y no sabiendo qué responder, juzgó que aquel era el momento adecuado para hacer a su esposa la recomendación que no debía haber hecho hasta la víspera de la fiesta.

—Señora —profirió Luis XIII con majestad—, un día de estos va a darse un baile en las casas consistoriales, y a mi entender y para honrar a nuestros buenos ediles, cumple que os presentéis en él en traje de ceremonia, y principalmente engalanada con los herretes de diamantes que os regalé el día de vuestra patrona.

La respuesta del monarca fue terrible. Ana de Austria creyó que su marido lo sabía todo, y que el cardenal había obtenido de él aquel largo disimulo que, por lo demás, se amoldaba a su carácter.

Ana de Austria se puso espantosamente pálida, apoyó en una consola una de sus admirables manos, que entonces parecía de cera, y mirando al rey con ojos de terror, quedó como petrificada.


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