Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿Habéis oÃdo, señora? —dijo el rey, gozándose en aquella turbación, pero no adivinando la causa de ella.
—He oÃdo, señor —balbució la reina.
—¿Iréis al baile?
—Iré.
—¿Con vuestros herretes?
—Sà —respondió Ana de Austria, palideciendo todavÃa más, aunque parecÃa imposible que tal pudiese suceder.
—Conforme, entonces, nada más tenÃa que deciros —profirió el rey, que advirtió la palidez de su esposa y se gozó en ella con la frÃa crueldad que constituÃa una de las malas condiciones de su carácter.
—¿Qué dÃa va a celebrarse el baile? —preguntó la reina.
—No lo recuerdo fijamente —repuso Luis XIII, que por la voz casi moribunda con que Ana de Austria hiciera su interrogación, conoció instintivamente que no debÃa responder a ella—; no lo recuerdo fijamente, pero va a ser muy pronto; lo preguntaré al cardenal.
—¡Ah! ¿Es el cardenal quien os ha anunciado esa fiesta? —exclamó la reina.
—SÃ, señora —respondió Luis XIII con admiración—; pero ¿por qué me lo preguntáis?