Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Es él también el que os ha dicho que me invitarais a presentarme en las casas consistoriales con los herretes?

—Entendámonos, señora…

—¡Oh!, sí, él es.

—Bien y ¿qué? ¿Qué importa que sea él o sea yo? ¿Hay crimen en esa invitación?

—No, señor.

—Entonces iréis al baile, ¿no es cierto?

—Sí, señor.

—Está bien, confío en vuestra palabra —dijo el monarca, retirándose.

Ana de Austria hizo una reverencia, más porque se le doblegaban las rodillas que no por etiqueta.

Luis XIII salió reventando de gozo.

—Estoy perdida —murmuró la reina—; el cardenal lo sabe todo; él es quien impele al rey, todavía ignorante de lo sucedido, pero que pronto va a saberlo. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Estoy perdida!

Ana de Austria se arrodilló en una almohada y se entregó a la oración con la cabeza entre sus palpitantes brazos.

La situación era terrible, en efecto. Buckingham había regresado a Londres, y mm. de Chevreuse estaba en Tours.


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