Los Tres Mosqueteros

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Ana de Austria, sobre quien se ejercía una vigilancia activa como nunca; Ana de Austria, que tenía barruntos de que una de sus damas la vendía, sin que le fuese dable saber cuál de ellas era bastante infame para cometer tal vileza; Ana de Austria, que no podía recurrir ni a La Porte por lo comprometido que era hacerle salir del Louvre, no tenía en el mundo una sola alma en quien fiarse. Así es que aquella desventurada mujer, en presencia de la desgracia que la amenazaba y de su abandono, rompió en sollozos.

—¿Quiere decir vuestra majestad que no le puedo ser útil en algo? —dijo de pronto una voz llena de dulzura y compasión.

La reina se volvió con viveza; y es que la expresión de aquella voz no daba lugar a dudas: realmente era una amiga la que de tal suerte hablaba.

En efecto, al umbral de una de las puertas que comunicaban con las habitaciones de la reina apareció la linda mujer de Bonacieux, la cual estaba ocupada en arreglar los vestidos y la ropa blanca en una pieza contigua, al entrar el rey, y no siéndole posible salir lo había oído todo.

La reina, al verse sorprendida, lanzó un grito penetrante, pues en su turbación no conoció de pronto a la mujer que La Porte le había proporcionado.


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