Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Oh!, nada temáis, señora —dijo mm. Bonacieux, enclavijando los dedos y llorando a su vez ante la aflicción de la reina—; pertenezco en cuerpo y alma a vuestra majestad, y por mucha que sea la distancia que de ella me separe, por humilde que sea mi condición, creo haber dado con la manera de librar a vuestra majestad del apurado trance en que se halla.
—¡Vos! ¡Oh, Dios mÃo! —exclamó Ana de Austria—, pero, miradme cara a cara; me rodea de tal manera la traición, que no sé si puedo fiarme de vos.
—¡Oh, señora! Juro por la salvación eterna de mi alma que estoy pronta a morir por vuestra majestad —profirió la joven, cayendo de rodillas y con acento de sinceridad que tampoco daba lugar a dudas—. SÃ, aquà hay traidores, pero por la Virgen SantÃsima os juro, señora, que no existe persona más abnegada a vos que yo. Los herretes que vuestra majestad reclama los disteis al duque de Buckingham, ¿no es verdad? Estaban encerrados en un cofrecito de palo de rosa que él llevaba sobarcado, ¿no es asÃ?
—¡Dios mÃo! ¡Dios mÃo! —murmuró la reina, mientras los dientes le castañeteaban de espanto.
—Pues urge recobrar esos herretes —prosiguió mm. Bonacieux.
—SÃ, pero ¿cómo? —exclamó Ana de Austria.
—Enviando algún mensajero al duque.
—¿Cuál? ¿En quién fiarme?