Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —En mÃ, señora; otorgadme esta honra, y yo daré con el mensajero.
—Pero será menester escribir.
—Es indispensable. Dos palabras de puño y letra de vuestra majestad y vuestro sello particular.
—Pero ¡esas dos palabras son mi condenación, el divorcio, el destierro!
—SÃ, si caen en manos infames; pero yo os respondo, señora, que llegarán a su destino.
—¡Conque es menester que yo ponga mi vida, mi honra, mi fama en vuestras manos!
—Es preciso, señora, y yo las salvaré.
—Pero decidme, por lo menos, cómo lo conseguiréis.
—Mi marido, que hace dos o tres dÃas ha sido puesto en libertad y a quien todavÃa no he vuelto a ver, que es un buen hombre que no quiere ni odia a persona alguna, hará cuanto yo le diga; asà pues, no bien yo se lo insinúe, se pondrá en camino, sin saber qué lleva, y entregará la carta de vuestra majestad a quien vaya dirigida.
La reina cogió con apasionado arranque las manos de la joven, la miró como para leer en lo más Ãntimo de su corazón, y al ver que en los lindos ojos de aquella brillaba la sinceridad, la besó con ternura.
—Haz como dices —repuso Ana de Austria—, y a ti deberé mi vida y mi honra.