Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Oh, señora! No deis más importancia de la que encierra al servicio que me cabe la altÃsima honra de prestaros; no tengo que salvar nada a vuestra majestad, solo vÃctima de pérfidas conjuraciones.
—Es cierto, es cierto, hija mÃa; tienes razón —dijo la reina.
—Dadme, pues, esa carta, señora; el tiempo apremia.
La reina se acercó presurosa a una mesita sobre la cual habÃa recado de escribir, trazó algunas palabras, timbró la carta con su sello particular y la entregó a mm. Bonacieux, diciéndole:
—Nos olvidamos de una cosa muy necesaria.
—¿Cuál?
—Del dinero.
—Es cierto —contestó la mercera, sonrojándose—, y confieso a vuestra majestad que mi marido…
—No tiene; ¿no es eso lo que quieres decir?
—Sà tiene, señora, pero es sumamente avaro; ahà su defecto. Sin embargo, no se apure vuestra majestad, hallaremos cómo…