Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Es que yo tampoco tengo —quien lea las Memorias de mm. de Motteville no se admirará de esta respuesta—; pero aguarda —profirió Ana de Austria acercándose apresuradamente a su escriño. Luego añadió—: Toma, ahà tienes una sortija de gran precio, según dicen; me la regaló mi hermano el rey de España y, como es mÃa, puedo disponer de ella. Tómala, véndela, y que parta tu marido.
—Dentro de una hora seréis obedecida —señora.
—Ya ves la dirección —repuso la reina, hablando en voz tan baja que apenas podÃa oÃrse lo que decÃa—: A milord duque de Buckingham, Londres.
—La carta le será entregada personalmente.
—¡Oh, criatura generosa! —exclamó Ana de Austria. Mm. Bonacieux besó las manos a la reina, escondió la carta en su corpiño y desapareció con la ligereza de un pájaro.
Diez minutos después, la mercera estaba en su casa.