Los Tres Mosqueteros

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—¡Válgame Dios! —profirió la joven—, va a amotinar todo el barrio.

Bonacieux gritó un buen rato, pero como tales gritos, por lo frecuentes, no atraían a persona alguna a la rue des Fossoyeurs, y como, por otra parte, la casa del mercero hacía ya algún tiempo que gozaba de no muy buena fama, el burlado marido se echó a la calle, voceando a más y mejor.

—Ahora que está fuera —dijo mm. Bonacieux a D’Artagnan, una vez los gritos del mercero se hubieron perdido en dirección de la rue du Bac—, idos vos también; ánimo, pero sobre todo prudencia, y no echéis al olvido que os debéis a la reina.

—A ella y a vos —exclamó D’Artagnan—. ¡Oh! Tranquilizaos, hermosa Constance; me haré digno de su gratitud, pero ¿y de vuestro amor?

Un vivo arrebol que le encendió las mejillas respondió por la linda mercera.

Al poco salió D’Artagnan, envuelto también en amplia capa, levantada arrogantemente, en el orillo, por descomunal tizona.

Mm. Bonacieux siguió al mozo con esa larga mirada de amor con que la mujer acompaña al hombre a quien conoce que va a amar, y cuando aquel hubo transpuesto la esquina, se arrodilló, juntó las manos y dijo con enternecido acento:


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