Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Como si ya tuvierais en el bolsillo un tÃtulo nobiliario que el cardenal os hubiera conferido.
—¡Qué! ¿El cardenal ha dicho esto?
—SÃ, sé que querÃa daros esa sorpresa.
—¡Oh!, nada temáis —exclamó el mercero—; mi mujer me adora, y todavÃa es tiempo.
—¡Miren el botarate! —murmuró mm. Bonacieux.
—¡Silencio!, repito —profirió D’Artagnan, estrechando con más fuerza la mano de su compañera de acecho.
—¿Que todavÃa es tiempo? ¿Qué queréis decir? —repuso el desconocido.
—SÃ, oÃd: regreso al Louvre, pregunto por mi mujer, le digo que he reflexionado, reanudo el asunto, obtengo la carta, y de un vuelo me planto en casa del cardenal.
—Pues idos sin demora, y dentro de un rato vuelvo para saber qué tal —profirió el enmascarado, marchándose.
—¡Infame! —dijo mm. Bonacieux, dirigiendo este nuevo epÃteto a su marido.
—¡Silencio! —repitió D’Artagnan, estrechando todavÃa más la mano.
En esto un aullido terrible cortó las reflexiones de D’Artagnan y de mm. Bonacieux. Era que el mercero acababa de notar la desaparición de su talego y gritaba al ladrón.