Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Lo jurarÃa.
—Este es un punto importante.
—Lo cual quiere decir que la nueva que os he trasmitido tiene un valor…
—GrandÃsimo, mi querido Bonacieux, no os lo oculto.
—Entonces ¿el cardenal estará satisfecho de m�
—¿Quién lo duda?
—¡Oh! ¡El gran cardenal!
—¿Estáis seguro de que durante su conversación con vos, vuestra esposa no ha pronunciado nombre alguno?
—SegurÃsimo.
—¿No ha nombrado a mm. de Chevreuse, ni al duque de Buckingham, ni a mm. de Vernet?
—Solo me ha dicho que querÃa enviarme a Londres en pro de los intereses de una persona ilustre.
—¡Ah, traidor! —murmuró mm. Bonacieux.
—¡Silencio! —dijo D’Artagnan, cogiéndole una mano que ella le abandonó descuidadamente.
—No importa —prosiguió el desconocido—, habéis sido un necio al no fingir que aceptabais la comisión; ahora la carta estarÃa en nuestro poder, el Estado, al que amenazan, estarÃa salvado, y vos…
—¿Qué?