Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Como decíamos, Bonacieux llamó a la puerta de D’Artagnan, y como este se guardara de dar señales de vida, el mercero no obtuvo más que el silencio por respuesta.
En el momento en que el dedo de Bonacieux resonó sobre la puerta, a los dos jóvenes les dio un brinco el corazón.
—No hay nadie —dijo el mercero, reuniéndose nuevamente con el enmascarado.
—Bueno, no importa —objetó el desconocido—, entremos en vuestra casa, siempre estaremos en ella más seguros que en el umbral de una puerta.
—¡Ah! —murmuró la mercera—, ya no oiremos más.
—Al contrario —repuso D’Artagnan—, ahora es cuando vamos a oír mejor.
El mozo levantó los tres o cuatro ladrillos que convertían su aposento en una nueva oreja de Dionisio, extendió en el suelo una alcatifa, se arrodilló e hizo seña a mm. Bonacieux de que, imitándole, se inclinase hasta la abertura.
—¿Estáis seguro de que no hay nadie? —preguntó el desconocido.
—Como de mí mismo —respondió el mercero.
—¿Y vos creéis que vuestra mujer…?
—Se ha vuelto al Louvre.
—¿Sin haber hablado a otro que a vos?