Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —D’Artagnan se acercó a la ventana y escuchó con suma atención.
Bonacieux abrió la puerta de su habitación, y al ver que esta estaba vacía, se acercó nuevamente al enmascarado, a quien dejara solo un instante.
—Se ha marchado —dijo el mercero—; se habrá vuelto al Louvre.
—¿Estáis seguro de que no ha sospechado la intención que os ha movido a salir? —preguntó el desconocido.
—Segurísimo —respondió Bonacieux con suficiencia—; no ve más allá de sus narices.
—¿Está en su casa el cadete de los guardias?
—No lo creo; mirad, el postigo de su ventana está cerrado y no se ve luz a través de las rendijas.
—Lo mismo da, convendría que os asegurarais.
—¿Cómo?
—Yendo a llamar a su puerta.
—Lo preguntaré a su criado.
Bonacieux entró en su casa, atravesó la misma puerta que acababa de dar paso a los dos fugitivos, subió hasta el rellano de D’Artagnan y llamó.
Aquí encaja decir que aquella tarde Porthos, para darse más importancia, había pedido prestado a Planchet.