Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Adelante, pues, confío en vos, amigo mío —dijo mm. Bonacieux.

D’Artagnan descorrió con precaución el cerrojo, y los dos, ligeros cual fantasmas, se deslizaron al pasillo por la puerta interior, subieron silenciosamente la escalera y entraron en el aposento del mozo.

Una vez en el cual y para mayor seguridad, D’Artagnan atrancó la puerta; luego se acercaron los dos a la ventana, y por una hendidura del postigo vieron al mercero, que estaba hablando con un hombre enmascarado.

Al ver al interlocutor de Bonacieux, D’Artagnan dio un brinco, y se abalanzó a la puerta con la espada a medio desenvainar.

Aquel hombre era el sujeto de Meung.

—¿Qué vais a hacer? Vais a perdernos —exclamó mm. Bonacieux.

—Es que he jurado matar a ese hombre —respondió D’Artagnan.

—En este momento vuestra vida no os pertenece; la habéis consagrado a la reina. En nombre, pues, de la reina, os vedo que os lancéis a todo peligro extraño al del viaje.

—¿Y en vuestro nombre nada ordenáis?

—En el mío os lo ruego —contestó la mercera con viva emoción—. Pero escuchemos, parece que están hablando de mí.


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