Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¡Oh!, ya estoy recompensado de sobra —repuso D’Artagnan—. Os amo y me dais licencia para que os lo diga: no me atrevÃa a esperar yo tanta ventura.
—¡Silencio! —dijo mm. Bonacieux, estremeciéndose.
—¿Qué hay?
—Están hablando en la calle.
—Es la voz…
—De mi marido.
—No entrará antes de que yo esté fuera —profirió D’Artagnan, corriendo a echar el cerrojo—; una vez yo haya salido, abridle.
—También yo deberÃa haber salido al entrar él, porque ¿cómo voy a justificar la desaparición de este dinero estando yo aquÃ?
—Tenéis razón, es menester que salgáis.
—Pero ¿cómo, si no podemos efectuarlo sin que él nos vea?
—Entonces no os cabe más remedio que subiros a mi casa.
—Me decÃs esto en un tono que me da miedo —profirió mm. Bonacieux, dejando escapar una lágrima que hizo caer a D’Artagnan, turbado y enternecido, a los pies de su amada.
—Palabra que en mi casa estaréis tan segura como en un templo —repuso el mozo.