Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Esta tarde misma me reúno con m. de Tréville, y le ruego que solicite por mà este favor a su cuñado m. Des Essarts.
—Ahora, otra cosa…
—¿Cuál? —preguntó D’Artagnan, al ver que mm. Bonacieux titubeaba.
—Quizás andéis escaso de dinero.
—Puede que demasiado —dijo D’Artagnan, sonriendo.
—Entonces tomad este talego —repuso la mercera, abriendo un armario y sacando el que media hora antes acariciara tan amorosamente su marido.
—¡El del cardenal! —exclamó, echándose a reÃr, el mozo, que gracias a los ladrillos arrancados no perdiera sÃlaba de la conversación del mercero con su mujer.
—SÃ, el del cardenal —contestó mm. Bonacieux—; ya veis que presenta un aspecto bastante respetable.
—¡Pardiez que será divertido salvar a la reina con el dinero de su eminencia! —profirió D’Artagnan.
—Sois mozo amable y delicioso, y tened la certidumbre de que su majestad no se mostrará ingrata —dijo la mercera.