Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Me rindo a vuestras protestas y cedo a vuestras promesas —dijo mm. Bonacieux a D’Artagnan—; pero ante Dios os juro que si me traicionáis y mis enemigos me perdonan, me suicidaré acusándoos a vos de mi muerte.
—Y yo os juro ante el Omnipotente, señora —repuso D’Artagnan—, que si me prenden durante el desempeño de las órdenes que me deis, antes moriré que hacer o decir cosa alguna que comprometa a persona.
La mercera confió entonces al mozo el terrible secreto del que el acaso le revelara ya parte al pie de la Samaritaine, lo cual fue su mutua declaración de amor.
D’Artagnan estaba radiante de gozo y de orgullo. Aquel secreto de que era dueño, aquella mujer a quién amaba, la confianza y el amor, hacÃan de él un gigante.
—Parto sin demora —dijo el mozo.
—¡Cómo! —exclamó mm. Bonacieux—. ¿Y vuestro regimiento? ¿Y vuestro capitán?
—Por mi alma, me habÃais hecho olvidar de eso, mi querida Constance; tenéis razón, he menester licencia.
—Otro obstáculo —murmuró la mercera con acento de amargura.
—Nada temáis, este lo venceré yo —dijo D’Artagnan, tras un instante de reflexión.
—¿Cómo?