Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Es que no soy dueña de ese secreto para revelarlo así como se quiera.

—Bien ibais a confiarlo a vuestro marido —replicó D’Artagnan con despecho.

—Como se confía una carta a una oquedad de un árbol, al aja de una paloma, a la carlanca de un perro.

—Y, sin embargo, ya veis que os amo.

—Vos lo decís.

—Soy caballero.

—Lo creo.

—Valiente.

—¡Oh!, en cuanto a esto estoy segura.

—Entonces, ponedme a prueba.

Mm. Bonacieux miró al mozo, retenida por una última vacilación. Pero en los ojos de D’Artagnan hablaba tal fuego, y tal persuasión en su voz, que aquella se sintió arrastrada a confiar en su interlocutor. Además, la mercera se hallaba en una de esas situaciones en las que es preciso jugar el todo por el todo. Tanto conspiraba en contra de la reina una reserva excesiva como una confianza ilimitada. Luego, hay que confesar también que el involuntario afecto que sentía por su joven protector la decidió a hablar.


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