Los Tres Mosqueteros

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XIX

PLAN DE CAMPAÑA

D’Artagnan se encaminó directamente a casa de m. de Tréville; y es que había reflexionado que antes de poco el cardenal sería puesto en autos por este maldito desconocido, al parecer agente suyo, y que, por lo tanto, era preciso no perder segundo.

A D’Artagnan el corazón le reventaba de gozo. Se le presentaba ocasión de adquirir gloria y dinero, y, como primer estímulo, aquella ocasión acababa de ligarlo a una mujer que adoraba: contingencia que, de buenas a primeras, hacía en su favor más que él no hubiera osado pedir a la Providencia.

Tréville estaba en su salón, rodeado de su corte habitual de hidalgos. D’Artagnan, a quien los criados del capitán conocían como familiar del palacio, se encaminó al gabinete de aquel y le hizo pasar recado de que deseaba hablarle de un asunto de importancia.

No hacía cinco minutos que el mozo estaba en el gabinete, cuando entró m. de Tréville, que a la primera mirada y en el alegre semblante de aquel, comprendió que, efectivamente, ocurrían novedades.


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