Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Durante el camino, D’Artagnan debatió consigo mismo si se confiarÃa a m. de Tréville, o si únicamente solicitarÃa de él carta blanca para un asunto secreto. Pero el capitán de los mosqueteros habÃa sido siempre tan correcto con él, y era tan devoto del rey y de la reina, y odiaba tan hondamente al cardenal, que el mozo resolvió declarárselo todo.
—¿Me habéis mandado a buscar, mi joven amigo? —preguntó m. de Tréville.
—SÃ, señor —respondió D’Artagnan—, y espero que me perdonaréis la molestia cuando sepáis la gran importancia del asunto que me trae.
—Decid.
—Se trata nada menos que de la honra y quizá la vida de la reina —profirió D’Artagnan en voz baja.
—¿Qué estáis diciendo? —repuso Tréville, mirando a todas partes para cerciorarse de que no habÃa nadie más que ellos en el gabinete, y posando nuevamente en D’Artagnan sus interrogadores ojos.
—Digo que el acaso me ha hecho sabedor de un secreto…
—Que supongo guardaréis aunque en ello os vaya la vida.
—Sin embargo, debo confiároslo a vos, señor, pues solo vos podéis ayudarme en la comisión que su majestad acaba de conferirme.
—¿Y sois vos dueño de ese secreto?