Los Tres Mosqueteros

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XX

VIAJE

A las dos de la madrugada, nuestros cuatro viajeros salieron de París por la puerta de Saint-Denis, y mientras fue de noche no profirieron palabra; y es que a su pesar sufrían la influencia de las tinieblas y veían emboscadas por todas partes.

No bien clareó, desataron los cuatro amigos sus lenguas, y con el sol recobraron el buen humor: les parecía estar en la víspera de un combate: les latía el corazón y les reían los ojos; la vida de la que tal vez iban a despedirse era, al fin y al cabo, una buena cosa.

Por lo demás, el aspecto de la caravana era formidable: los negros y marciales caballos de los mosqueros, y la regularidad que imprime a la marcha de esos nobles compañeros del soldado el hábito del escuadrón, hubieran puesto en evidencia el más riguroso incógnito.

Detrás de D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis, seguían los criados, armados de punta en blanco.

Los viajeros llegaron felizmente a Chantilly a las ocho de la mañana, y como era menester almorzar, se apearon, después de ordenar a sus lacayos que no desensillaran y estuviesen prontos a anudar inmediatamente la marcha, a la puerta de una posada, que como por vía de recomendación, ostentaba una muestra que representaba a san Martín compartiendo su capa con un pobre.


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