Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Patrice sacó su caballo al galope, alcanzó al duque y le anunció en los términos expuestos que le estaba aguardando un mensajero.
Buckingham conoció inmediatamente a D’Artagnan, y sospechando que en Francia ocurría algo y enviaban a decírselo, no perdió más tiempo que el necesario para preguntar dónde estaba el portador de la nueva y salir, al galope, al encuentro de D’Artagnan, de quien conoció desde lejos el uniforme de los guardias.
Patrice, por discreción, se mantuvo a distancia.
—¿Ha sucedido alguna desgracia a la reina? —exclamó Buckingham, dando expansión a todo su pensamiento y a todo su amor en esta interrogación.
—No lo creo —respondió D’Artagnan—; pero sospecho que corre algún peligro muy grave del que únicamente vuestra gracia puede librarla.
—¿Yo? —exclamó Buckingham—. ¡Qué! ¿Sería tanta mi ventura que pudiese prestarle algún servicio? ¡Hablad! ¡Hablad!
—Tomad esta carta, señor —dijo D’Artagnan.
—¡Esta carta!, y ¿de quién procede?
—Supongo que de su majestad.
—¡De su majestad! —exclamó el duque, palideciendo de tal suerte que D’Artagnan temió que iba a darle un síncope. Luego, después de romper el sello y mostrando al mozo un sitio en que estaba agujereada la carta, añadió—: ¿Qué es este desgarrón?