Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Aguardaos —exclamó Buckingham—; la única vez que me los puse fue para el baile que el rey dio en Windsor hace ocho dÃas. La condesa de Winter, con la que estaba yo desavenido, se me acercó durante el baile… ¡Ah!, tal reconciliación no era más que una venganza de mujer… Desde entonces no he vuelto a ver a la condesa… No hay duda, la condesa es agente del cardenal.
—¡DecÃs que su eminencia tiene agentes en todas partes! —profirió D’Artagnan.
—¡Oh!, sÃ, es un lidiador terrible —dijo Buckingham, rechinando de cólera los dientes—. Sin embargo, ¿cuándo debe celebrarse el baile?
—El lunes próximo.
—¡El próximo lunes! ¡Es decir, dentro de cinco dÃas! Nos sobra el tiempo. ¡Patrice! —exclamó el duque, abriendo la puerta del oratorio—. ¡Patrice!
El ayuda de cámara de confianza del duque compareció al llamamiento.
—Mi joyero y mi secretario —le dijo Buckingham. Patrice salió con la presteza y el mutismo de quien tiene el hábito de obedecer a ciegas y sin chistar.
Pero, aunque el primer llamado fue el joyero, el secretario se le anticipó, por la sencillÃsima razón de que vivÃa en el palacio del duque.
El secretario encontró a Buckingham sentado a una mesa de su dormitorio y redactando de su puño y letra algunas órdenes.