Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Buckingham se acercó al altar y se arrodilló como pudiera haberlo hecho ante un crucifijo; luego abrió el cofrecito, sacó de él un gran lazo de cintas, deslumbrado por los diamantes, y lo entregó a D’Artagnan, diciéndole:

—Tomad, aquí están estos preciosos herretes con los cuales juré que me haría enterrar. La reina me los dio, ella vuelve a tomármelos, cúmplase como la de Dios su voluntad.

Luego besó uno tras otro aquellos herretes de que iba a separarse y, de improviso, lanzó una voz terrible:

—¿Qué os pasa, milord? —preguntó D’Artagnan con zozobra.

—Que todo está perdido —exclamó Buckingham, poniéndose pálido como un cadáver—; faltan dos herretes, solo hay diez.

—¿Milord los ha perdido o sospecha que se los han robado?

—Robado —respondió el duque—, y el instigador del robo es el cardenal. Ved, las cintas que los sujetaban están cortadas con tijeras.

—Si milord pudiese barruntar quién ha cometido el robo… Quizá la persona que lo llevó a cabo todavía tiene en su poder los herretes.


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