Los Tres Mosqueteros

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El duque, que andaba con tanta rapidez que D’Artagnan apenas podía seguirlo, atravesó algunos salones alhajados con un lujo y buen gusto que ni siquiera los más encumbrados señores de Francia podían soñar, y llegó a un dormitorio que era un portento de elegancia y de riqueza. En la alcoba de aquel dormitorio había una puerta escondida tras las colgaduras, y el duque la abrió con una llavecita de oro que llevaba al cuello en una cadena del mismo metal. Por discreción, D’Artagnan se quedó atrás, pero Buckingham, al atravesar el umbral de aquella puerta, se volvió, y al ver la vacilación del mozo, le dijo:

—Veníos, y si tenéis la dicha de ser admitido por su majestad, decidle lo que habéis visto.

Alentado por estas palabras, D’Artagnan siguió a Buckingham, que cerró tras de sí la puerta.

El duque y el joven guardia se hallaron entonces en un oratorio tapizado de seda de Persia y brocado de oro, vivísimamente iluminado por innúmeras bujías. En una especie de altar y bajo un dosel de terciopelo azul, coronado de plumas blancas y encarnadas, lucía un retrato de tamaño natural que representaba a Ana de Austria, retrato de parecido tan maravilloso, que D’Artagnan no pudo reprimir un grito de sorpresa pues no parecía sino que la reina estaba hablando.

En el altar y al pie del retrato, había el cofrecito que encerraba los herretes de diamantes.


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