Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El vuelo, que no el correr de sus caballos, puso en pocos minutos a las puertas de Londres a los dos jinetes, y contra el parecer de D’Artagnan, que creyó que el duque, al llegar a la ciudad, iba a acortar el paso de su cabalgadura, aquel continuó su camino a escape, importándole un comino los transeúntes. En efecto, al atravesar la ciudad, Buckingham atropelló a dos o tres personas, pero ni siquiera volvió el rostro para ver qué había sido de aquellos a quienes derribara.
D’Artagnan seguía al duque en medio de unos gritos que no le parecían otra cosa que maldiciones.
Al entrar en el patio de su morada, Buckingham se apeó, y sin preocuparse con lo que sería de su caballo, le echó las riendas al cuello y se lanzó a la escalinata. D’Artagnan hizo lo mismo, aunque un poco más inquieto por aquellos nobles animales, de los cuales pudo apreciar el mérito, pero tuvo el consuelo de ver que de las cocinas y de las caballerizas habían salido ya precipitadamente tres o cuatro criados que se hicieron cargo de las monturas.