Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Acabo de embargar todos los buques anclados en este instante en los puertos de su majestad, y ninguno de ellos se atreverá a levar anclas sin una orden expresa mía.

D’Artagnan miró con ojos de estupefacción a aquel hombre que ponía al servicio de sus amores el poder ilimitado de que le revistiera la confianza del rey.

—Sí —repuso Buckingham, que en la cara del mozo leyó lo que este pensaba—, os admira lo que acabo de hacer; pero tened por sabido que Ana de Austria es mi verdadera reina; a una palabra de ella, vendería yo mi patria, mi rey y mi Dios. Me pidió que no enviara a los protestantes de La Rochelle los socorros que les prometí, y no los he enviado. He sido perjuro, lo sé, pero he obedecido a mi deseo, y he visto pagada con creces mi obediencia; porque a mi obediencia debo el retrato de la soberana.

D’Artagnan vio y admiró de qué frágiles e incógnitos hilos está suspendida, en ocasiones, la suerte de un pueblo y la vida de los hombres.

Enfrascado en tales reflexiones estaba el joven guardia cuando llegó el joyero, un irlandés peritísimo en su arte y que, según decía, la clientela de Buckingham le dejaba todos los años cuatro mil libras esterlinas limpias de polvo y paja.


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