Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Hola, señor O’Reilly —le dijo el duque, conduciéndole al oratorio—, ved estos herretes de diamantes y decidme cuánto vale cada pieza.

El joyero fijó una sola mirada en la elegante forma con que estaban engastados los diamantes, calculó el valor de estos uno con otro y, sin vacilar, respondió:

—Mil quinientas pistolas cada uno, monseñor.

—¿Cuánto tiempo se necesita para labrar dos herretes como estos? Ya veis que faltan dos.

—Ocho días, milord.

—Los pago doble, pero los necesito para pasado mañana.

—Estarán, milord —dijo O’Reilly.

—Valéis tanto oro cuanto pesáis —profirió el duque—; pero todavía no he concluido: como estos herretes no puedo confiarlos a persona alguna, es menester que los dos que faltan los labréis aquí, en mi palacio.

—Es imposible, milord, para que no se note la diferencia entre los nuevos y los viejos debo labrarlos yo mismo.

—Pues estáis preso, mi querido m. O’Reilly; de aquí no salís aun cuando os empeñéis; conque decidíos. Decid qué oficiales os hacen falta, y designad los utensilios que aquellos deben traer consigo.

El joyero, que conocía al duque, y sabía que con él holgaba toda observación, se decidió en el acto.


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