Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—¿Me da vuestra gracia licencia para advertir a mi mujer? —preguntó O’Reilly.

—Y también para verla —respondió Buckingham—: no temáis, vuestro cautiverio será suave, y como toda incomodidad requiere una recompensa, ahí va, además del precio de los herretes, esta cédula por mil pistolas, para que olvidéis la molestia que os doy.

D’Artagnan no volvía de su asombro, tal era la sorpresa que le causaba aquel ministro que a manos llenas revolvía hombres y millones.

El joyero escribió a su mujer, remitiéndole la cédula, y rogándole que, a cambio, le enviase su aprendiz más experto, un surtido de diamantes de los que le indicaba el precio y el nombre, y los utensilios tal y tal que le eran necesarios.

Buckingham condujo a O’Reilly a la pieza que le destinara, y que, media hora después, quedó convertida en obrador; luego, puso sendos centinelas a las puertas, con orden de que no dejaran entrar a persona alguna, excepto a Patrice. No necesitamos añadir que al joyero y a su ayudante les estaba absolutamente vedado salir, bajo el pretexto que fuese. Arreglado este extremo, el duque se reunió otra vez con D’Artagnan.

—Ahora —dijo Buckingham al mozo—, Inglaterra está en nuestras manos. ¿Qué queréis? ¿Qué deseáis?


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