Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Una cama —respondió el joven guardia—; por el pronto es lo que más falta me hace.
Buckingham dio a D’Artagnan una pieza contigua a su dormitorio; y es que querÃa retener junto a sà al mozo, no porque desconfiara de él, sino para tener con quien hablar constantemente de la reina.
Una hora después fue promulgado en Londres el bando por el que se prohibÃa que saliera de los puertos de Inglaterra, para Francia, buque alguno cargado, ni siquiera los correos. A los ojos de todos, era aquel bando una declaración de guerra entre los dos reinos.
Al dÃa siguiente, a las once de la mañana, los dos herretes estaban acabados, pero imitados con tanta exactitud y tan portentosamente semejantes, que el mismo duque no acertó a diferenciar los nuevos de los antiguos, como no los habrÃan diferenciado tampoco los más peritos en el arte.
Buckingham hizo llamar inmediatamente a D’Artagnan.
—Aquà están los herretes —le dijo—, y sed vos mismo testigo de que he hecho lo humanamente posible.
—No se perderá por mÃ, señor —repuso D’Artagnan—: diré lo que he visto, pero ¿me da vuestra gracia los herretes sin el cofrecito?