Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —El cofrecito os estorbarÃa; además, es para mà tanto más precioso, cuanto es lo único que de la reina me queda. Ya diréis a su majestad que lo conservo en mi poder.
—Cumpliré al pie de la letra vuestro encargo, milord.
—Y ahora —profirió Buckingham, mirando con fijeza a su interlocutor—, ¿cómo podré pagaros la deuda que para con vos he contraÃdo?
D’Artagnan se puso hecho un ascua, pues conoció que el duque buscaba cómo hacerle aceptar algo, y la idea de que la sangre de sus amigos y la suya iba a serle pagada con oro inglés le repugnaba por manera indecible.
—Entendámonos, milord —replicó el joven guardia—, y pesemos de antemano y concienzudamente los actos para que no haya lugar a equivocaciones. Yo estoy al servicio de los reyes de Francia y formo en la compañÃa de guardias de m. Des Essarts, el cual, asà como su cuñado el m. de Tréville, es devotÃsimo de sus majestades. Asà pues, cuanto he hecho ha sido en pro de la reina, no de vuestra gracia; más os digo, es probable que yo no hubiera hecho lo que he hecho, si no hubiese sido por ser grato a alguien que es mi dama, como la reina lo es vuestra.