Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Entiendo —repuso el duque, sonriendo—, incluso me parece que conozco a la dama a que queréis referiros; es…
—Ved que no la he nombrado, milord —atajó D’Artagnan con viveza.
—Tenéis razón —dijo Buckingham—; asà pues, a quien debo agradecer vuestra devoción es a aquella dama.
—Vos lo habéis dicho, milord; porque precisamente ahora que se trató de hacer la guerra, os confieso que en vuestra gracia no vea más que un inglés, y por tanto un enemigo a quien me satisfará mil veces más encontrar en el campo de batalla que no en el parque de Windsor o en los pasillos del Louvre; lo cual, por lo demás, no será óbice para que yo desempeñe puntualmente mi comisión y la lleve a feliz término aun a costa de mi vida. Pero lo repito, sin que vuestra gracia tenga que dármelas por lo que hago por mà en esta segunda entrevista, más que por lo que hice por ella en la primera.
—Nosotros decimos: «Orgulloso como un escocés» —profirió Buckingham.
—Y nosotros, «Arrogante como un gascón». Los gascones son los escoceses de Francia —repuso D’Artagnan, saludando al duque y disponiéndose a partir.
—¡Qué! ¿Asà os vais? ¿Por dónde? ¿Cómo?
—Es verdad.