Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —¿He de dar el mismo santo y seña?
—El mismo.
—Adiós.
—Feliz viaje, señor; ¿os hace falta cosa alguna? D’Artagnan hizo con la cabeza un movimiento negativo y partió a escape. En Ecouis se repitió la misma escena: el mozo encontró un posadero tan solícito como los anteriores, y un caballo fresco y reposado; dejó su dirección, como ya hiciera antes, y con la misma celeridad salió para Pontoise, donde cambió de montura por última vez, y a las nueve entró a galope tendido en el patio del palacio de Tréville.
En doce horas había recorrido unas sesenta leguas.
M. de Tréville recibió a D’Artagnan como si le hubiese visto aquella mañana misma, solo que le estrechó la mano un poco más efusivamente que de costumbre, le anunció que la compañía de m. Des Essarts estaba de guardia en el Louvre y que él podía ir a ocupar su puesto.