Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros El rey miró al cardenal como para interrogarle; pero no tuvo tiempo de dirigirle pregunta alguna: de todas las bocas acababa de salir un grito de admiración. Si el rey parecía el primer grande de su reino, la reina era sin disputa la mujer más hermosa de Francia. Verdad es que su traje de cazadora le sentaba a las mil maravillas. Ana de Austria ostentaba un sombrero de fieltro con plumas azules, sobretodo de terciopelo color de perla con broches de diamantes, falda de raso azul con recamados de plata, y en su hombro izquierdo brillaban los herretes sostenidos por un lazo del mismo color que las plumas y la falda.
Luis XIII se estremeció de gozo, de cólera el cardenal; con todo eso, uno y otro, a la distancia que de la reina estaban, no podían contar los herretes. Lo positivo, sin embargo, era que la reina los poseía; lo que faltaba saber era si ostentaba doce o únicamente diez.
En ese momento, los violines dieron la señal del baile.
El rey se acercó a la presidenta, con la cual debía danzar, y su alteza real se encaminó al encuentro de la reina.
Cada cual en su sitio, empezó el baile.
El rey estaba enfrente de la reina, y cada vez que pasaba junto a ella devoraba con los ojos los herretes, de los que, con el continuo movimiento de su dueña, no podía echar la cuenta exacta.