Los Tres Mosqueteros

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Por fin pasaron de improviso a través de las colgaduras una mano y un brazo adorables por su forma y su blancura, y D’Artagnan, comprendiendo que aquello era su recompensa, hincó una rodilla en tierra, cogió aquella mano e imprimió en ella un respetuoso beso; luego la mano se retiró, dejando en las del mozo una sortija.

Inmediatamente después se cerró la puerta, y D’Artagnan volvió a quedar en las tinieblas.

Nuestro gascón se puso en el dedo la sortija y esperó de nuevo, pues era evidente que no todo había concluido aún. Después de la recompensa de su abnegación debía venir la de su amor.

Por otra parte, y por más que hubiese terminado el baile, la fiesta apenas había empezado, pues la cena estaba señalada para las tres y el reloj de Saint-Jean había dado, no hacía mucho, las tres menos cuarto.

Poco a poco fue disminuyendo el rumor de voces en el aposento contiguo, hasta que se alejó por completo, y finalmente entró mm. Bonacieux en el gabinete en que D’Artagnan estaba.

—¡Gracias a Dios! —exclamó el mozo.

—¡Silencio! —profirió la mercera, tapando con una de sus manos la boca del joven guardia—; silencio y volveos por donde habéis venido.

—Pero ¿dónde y cuándo volveré a veros? —repuso D’Artagnan.


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