Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan quedó por un instante inmóvil y buscando en su imaginación qué sitio podía ser aquel a donde lo condujeran, cuando, de pronto, una ráfaga de luz que penetró desde la pieza contigua, el ambiente tibio y perfumado que hasta él llegaba, la conversación de dos o tres mujeres, un lenguaje a la vez respetuoso y florido, y el vocablo majestad proferido muchas veces, le indicaron claramente que se hallaba en un gabinete contiguo al de Ana de Austria.

D’Artagnan se mantuvo en la penumbra y aguardó.

La reina parecía estar gozosa, lo cual se hubiera dicho que admiraba grandemente a las personas que la rodeaban, tanto más cuanto estas estaban acostumbradas a verla casi incesantemente desasosegada.

Ana de Austria atribuía su gozo a la hermosura de la fiesta, al gusto que le diera el baile, y como no está permitido contradecir a una reina, ya se sonría o bien llore, todas ponderaban la galantería de los ediles de París.

D’Artagnan, por más que no conocía a la reina, pronto distinguió la voz de esta, entre las demás voces, primero en un ligerísimo dejo extranjero, y luego en el tono de dominación naturalmente impreso en todas las palabras soberanas.

El mozo la oía acercarse y alejarse, y aun por dos o tres veces vio como interceptaba la luz la sombra de un cuerpo.


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