Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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El día anterior apenas habían tenido tiempo de verse en casa del suizo Germain, para donde D’Artagnan citara a mm. Bonacieux. La prisa que esta tenía de trasmitir a su soberana la plausible nueva hizo que los dos amantes no cruzaran más que contadas palabras.

D’Artagnan siguió, pues, a la mercera, movido por dos sentimientos, el del amor y el de la curiosidad.

Durante todo el camino, y a medida que los pasillos iban siendo más desiertos, nuestro gascón quiso detener a mm. Bonacieux, cogerla y contemplarla no fuera más que por un segundo; pero aquella se le deslizaba de las manos con la viveza del pájaro, y cada vez que su acompañante intentaba hablar, se llevaba un dedo a los labios y, con ademán imperativo y gracioso, le hacía presente que estaba bajo el imperio de un poder al cual debía ciega obediencia.

Por fin, y tras haber dado vueltas y revueltas por espacio de uno o dos minutos, la joven abrió una puerta e introdujo a D’Artagnan en un gabinete oscuro y, después de hacerle nuevamente seña de que no profiriese palabra, abrió otra puerta escondida tras la tapicería, cuyas aberturas desparramaron de improviso una luz vivísima, y desapareció.


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