Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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—Y de ello estoy tanto más agradecida a vuestra eminencia —repuso la reina con una sonrisa que demostraba que no se dejaba engañar por aquella ingeniosa galantería—, cuanto estoy segura de que estos dos herretes os cuestan lo que los otros doce a su majestad.

Tras estas palabras, Ana de Austria saludó al rey y al cardenal, y se volvió al aposento donde se vistiera y en el que debía mudar de traje.

La atención que al principio de este capítulo nos hemos visto obligados a prestar a los ilustres personajes que en él hemos introducido, nos ha hecho desviarla por un instante de aquel a quien Ana de Austria debía el inusitado triunfo que acababa de conseguir sobre Richelieu, y que, confundido, ignorado, perdido entre la muchedumbre apiñada a una de las puertas, contemplaba desde allí la escena que hemos descrito, únicamente comprensible para cuatro personas, el rey, la reina, el cardenal y él.

La reina acababa de entrar en su aposento, y D’Artagnan se disponía a retirarse, cuando sintió un golpecito en el hombro, se volvió y vio a una joven que le hacía seña de que la siguiese. La joven llevaba máscara de terciopelo negro, pero a pesar de esta precaución, que, de otra parte, más la tomara aquella para los demás que no para el mozo, este conoció inmediatamente a su guía habitual, a la decidida y aguda mercera.


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