Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Como hemos dicho, D’Artagnan se detuvo en el sexto figón, pidió una botella de vino generoso, se acodó en el rincón más oscuro y resolvió aguardar el día en esta actitud; pero también esta vez vio fallidas sus esperanzas, y por más que puso todo su conato en escuchar, en medio de una lluvia de blasfemias, bufonadas e injurias que unos a otros se disparaban los obreros, lacayos y carreteros que componían la escogida sociedad de que en aquel momento formaba parte, nada oyó que pudiese ponerle sobre las huellas de la pobre mujer arrebatada. Forzoso le fue, pues, tras haber vaciado, por ociosidad o para no despertar sospechas, la botella, buscar en su rincón la más cómoda postura para dormirse. Y aquí encaja el recordar al lector que D’Artagnan frisaba los veinte, y que a esta edad el sueño tiene derechos imprescriptibles, y los hace prevalecer imperiosamente, aun sobre los corazones más desesperados.








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