Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros —Me habéis prometido guardar el secreto —dijo el anciano.
—Y os ratifico mi promesa, nada temáis, soy noble, y un noble es esclavo de su palabra.
D’Artagnan, con el alma transida, se dirigió otra vez hacia la barca. Tan pronto se resistÃa a admitir que la mujer arrebatada del pabellón fuese mm. Bonacieux, y esperaba verla de nuevo en el Louvre, como le asaltaba la duda de que la mercera podÃa haber sostenido un galanteo con otro, y que un tercero, celoso, la habÃa sorprendido y hecho raptar.
—¡Oh! —dijo para sà el mozo, indeciso y desesperado—, si mis amigos estuviesen en ParÃs, al menos me quedarÃa alguna esperanza de dar con ella; pero ¡quién sabe lo que ha sido de Athos, Porthos y Aramis!
Era medianoche, y por lo pronto convenÃa reunirse con Planchet. D’Artagnan llamó sucesivamente en todos los figones en que viera un poco de luz, y en ninguno de ellos estaba su lacayo.
Al llamar a la puerta del sexto figón, el mozo reflexionó que sus pesquisas eran un poco arriesgadas, y, además, que habÃa citado a Planchet para las seis de la mañana, y que en cualquier parte que estuviese no cabÃa recriminárselo.
Por otra parte, D’Artagnan calculó que quedándose en las cercanÃas del teatro del rapto, quizás obtendrÃa alguna luz sobre aquel misterioso asunto.