Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan, anonadado por tan terrible nueva, quedó inmóvil y mudo, mientras aullaban en su corazón todos los demonios de la cólera y de los celos.

—No os aflijáis, señor, no la han matado, y esto es lo esencial —repuso el anciano, en quien causó más efecto aquella muda desesperación de lo que lo hubiesen hecho lamentos y lágrimas.

—¿Podríais decirme poco más o menos quién es el hombre que conducía tan infernal empresa?

—No lo conozco.

—Bien, pero como ha hablado con vos, lo habéis visto.

—¡Ah! ¿Me pedís su filiación?

—Sí.

—Es un sujeto amojamado, moreno, de bigotes y ojos negros y con todo el empaque de un noble.

—Esto es —exclamó D’Artagnan—, ¡él otra vez! ¡Siempre él! Por lo que se ve, es mi genio del mal. ¿Y el otro?

—¿Cuál?

—El hombrecillo.

—¡Oh!, ese no es señor, respondo de ello; además, no ceñía espada y los otros le trataban sin consideración alguna.

—Vamos, sería un lacayo —repuso D’Artagnan—. ¡Pobre mujer! ¿Qué han hecho de ella?


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