Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros LA AMANTE DE PORTHOS
D’Artagnan no se encaminó directamente a su domicilio; se apeó a la puerta del palacio de Tréville, y subió apresuradamente las escaleras, decidido, ahora, a contarle al capitán de los mosqueteros lo que acababa de pasar, seguro de que aquel le darÃa buenos y oportunos consejos; además, como Tréville veÃa casi todos los dÃas a la reina, era fácil que pudiese recabar de su majestad alguna luz sobre la desventurada mujer a quien indudablemente hacÃan pagar su devoción a su señora.
M. de Tréville escuchó el relato del mozo con una gravedad que demostraba que él veÃa, en aquel lance, algo muy distinto de una intriga de amor.
—¡Vaya! —profirió el capitán de los mosqueteros, en cuanto D’Artagnan hubo acabado—, esto me huele a cardenal a tiro de ballesta.
—¿Qué podemos hacer, pues? —preguntó el mozo.
—Por lo pronto nada más que salir de ParÃs cuanto antes, como ya os he dicho. Veré a la reina y le contaré las circunstancias de la desaparición de esa pobre mujer, las cuales, sin duda, ella ignore; estos pormenores guiarán por su parte a su majestad, y, a vuestro regreso, tal vez me sea dable comunicaros alguna buena nueva. Dejádmelo a mÃ.