Los Tres Mosqueteros

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D’Artagnan sabía que m. de Tréville, aunque gascón, no tenía la costumbre de prometer, y que cuando hacía una promesa la cumplía con creces. Le saludó, pues, henchido de gratitud por lo pasado y lo venidero. En cuanto al dignísimo capitán, que, por su parte, se interesaba vivamente por aquel mozo tan valiente y decidido, le estrechó cordialmente la mano y le deseó un viaje venturoso.

Resuelto a poner inmediatamente a la obra los consejos de Tréville, D’Artagnan se encaminó a la rue des Fossoyeurs, para presenciar el arreglo de su portamanteo, y al hallarse a pocos pasos de su casa vio a Bonacieux, que, en traje de mañana, estaba a la puerta.

D’Artagnan, a quien se le refrescó al punto cuanto le había dicho Planchet el día anterior respecto del siniestro carácter de su casero, miró a Bonacieux con más atención que no hiciera hasta entonces. En efecto, además de la amarilla y enfermiza palidez que indica la infiltración de la bilis en la sangre y que, de otra parte, podía no ser más que accidental, D’Artagnan notó un no sé qué solapadamente pérfido en la configuración de las arrugas del rostro de Bonacieux. No, un perillán no se ríe como un hombre de bien, un hipócrita no llora como un hombre de buena fe. Toda falsedad es un antifaz, y por muy bien que esté labrada la careta, con un poco de atención uno llega a distinguir la cara.


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