Los Tres Mosqueteros

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Le pareció, pues, a D’Artagnan que el mercero llevaba carátula, e incluso que esta era desagradable a más no poder. En consecuencia, y vencido por la repugnancia que le inspiraba aquel hombre, iba a pasar por delante de él sin dirigirle la palabra, cuando, al igual que hiciera en la víspera, Bonacieux le interpeló.

—¿Qué hay, buen mozo? —dijo el mercero a nuestro gascón—; por lo que se ve, hacéis de la noche día. ¡Diantre! ¡Las siete de la mañana! Pareceme que trocáis los frenos y que os recogéis a la hora en que los otros salen de su casa.

—No así dirán de vos, m. Bonacieux, que sois modelo de hombres arreglados —repuso D’Artagnan—. Verdad es que cuando uno tiene mujer joven y linda, no tiene para qué correr en pos de la ventura, sino que la ventura se le mete en casa; ¿no le parece, m. Bonacieux?

—¡Je! ¡Je! —replicó el mercero, poniéndose pálido como un difunto y gesticulando una sonrisa—, sois muy gracioso. Pero ¿dónde diablos habéis ido esta noche, buena pieza? Parece que los atajos no estaban muy limpios.

D’Artagnan fijó los ojos en sus botas, cubiertas de barro; pero al bajar la cabeza, sus miradas se detuvieron al mismo tiempo en los zapatos y las medias de su interlocutor, que no parecía sino que los hubiesen empapado en el mismo cenagal.


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