Los Tres Mosqueteros

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Entonces, por la mente de D’Artagnan cruzó súbito una idea. Aquel hombre botijo, chiquitín, entrecano; aquella especie de lacayo que vestía traje de color oscuro y a quien trataran sin consideración alguna los de la escolta era el mismísimo Bonacieux. El marido había presidido el rapto de su mujer.

D’Artagnan sintió vehementes impulsos de estrangular al mercero, pero, cauto por naturaleza, refrenó sus ímpetus. Sin embargo, fue tan visible la revolución que se operara en su rostro, que Bonacieux cobró miedo e intentó retroceder un paso; mas precisamente se hallaba de espaldas a la hoja de la puerta, que estaba cerrada, y el obstáculo con que tropezó le obligó a permanecer en el mismo sitio.

—¡Caramba! —exclamó D’Artagnan—, me parece, mi buen amigo, vos que os estáis burlando, que si mis botas reclaman el auxilio de la esponja, vuestras medias y vuestros zapatos piden a grito pelado el cepillo. Cualquiera diría que también vos habéis corrido la tuna, m. Bonacieux. ¡Diablos! Esto no sería disculpable en un hombre de vuestra edad, encima estando casado con una mujer tan linda como la vuestra.



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