Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Y sin aguardar la autorización de su casero, D’Artagnan entró apresuradamente en la morada de Bonacieux, y lanzó a la cama una mirada veloz. La cama estaba intacta; el mercero no se habÃa acostado. Asà pues, no hacÃa más que una o dos horas que aquel habÃa vuelto; lo cual querÃa decir que habÃa acompañado a su mujer hasta el lugar a donde se la llevaran, o por lo menos, hasta el primer relevo.
—Gracias, m. Bonacieux —dijo D’Artagnan, vaciando su vaso—, nada más deseaba de vos. Ahora me subo a mi casa para que Planchet me limpie las botas, y una vez esté listo el muchacho, os lo enviaré, si queréis, para que haga lo mismo con vuestros zapatos.
El mercero quedó pasmado de tan singular despedida, preguntándose si no habÃa revuelto contra sà mismo sus propias armas.
—¡Ah!, señor —dijo Planchet a D’Artagnan cuando este hubo llegado a la puerta de su habitación—, ¿no sabéis qué pasa? ¡Ay!, no veÃa la hora de que regresarais, mi amo.
—¿Qué hay? —preguntó D’Artagnan al ver el despavorido rostro de Planchet.
—Apuesto ciento mil contra uno que no adivináis quién ha estado aquà en vuestra ausencia.
—¿Hace mucho?
—Media hora escasa, mientras os hallabais en casa de m. de Tréville.