Los Tres Mosqueteros
Los Tres Mosqueteros Sin embargo, durante el camino D’Artagnan sintió el corazón oprimido por una profunda tristeza; pensaba en la linda mercera, en aquella mm. Bonacieux que debía pagarle su devoción; pero fuerza es decir que la tristeza del mozo se originaba no tanto del pesar de su dicha perdida cuanto del temor de que a aquella pobre mujer le acaeciese alguna desventura. Para él era claro como la luz que mm. Bonacieux era víctima de una venganza del cardenal y, como es sabido, las venganzas de Richelieu eran terribles. Esto expuesto, ¿cómo se explicaba que él hubiese hallado misericordia a los ojos del ministro? Él mismo lo ignoraba, e indudablemente le hubiera aclarado el misterio m. de Cavois, si este le hubiese encontrado en su casa.
No hay como un pensamiento que nos absorba todas las facultades del organismo para que el tiempo vuele y se acorte el camino. En tales casos la existencia externa tiene toda la semejanza de un dormir del que tal pensamiento fuera el sueño. A su influjo, el tiempo deja de tener medida y el espacio, distancia. Del intervalo recorrido, solo queda presente en nuestro recuerdo una niebla vaga en la cual se borran mil imágenes confusas de árboles, montañas y paisajes.