Los Tres Mosqueteros

Los Tres Mosqueteros

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Pábulo de una alucinación semejante, y al paso que su cabalgadura quiso, D’Artagnan recorrió las seis u ocho leguas que separan Chantilly de Crèvecœur, sin que al llegar a esta última aldea recordase absolutamente nada de cuanto pudo haber visto durante el camino.

Apenas entró en Crèvecœur, se le despertó nuevamente la memoria, y moviendo a un lado y a otro la cabeza, percibió el figón en que dejara a Aramis. Entonces sacó al trote su caballo, y no se detuvo hasta la puerta de aquel.

Ahora no salió a recibir al mozo un posadero, sino una posadera; D’Artagnan, que era fisonomista, envolvió de una mirada la gruesa y regocijada figura de la dueña del figón, y vio que no tenía que andarse con fingimientos con ella, que nada tenía que temer de una fisonomía tan alegre.

—Mi buena señora —le preguntó D’Artagnan—, ¿podríais decirme qué ha sido de un amigo mío que nos vimos obligados a dejar en esta casa hace diez días?

—¿Os referís a un guapo mozo de veintitrés a veinticuatro años, bondadoso, amable y de arrogante apostura?

—El mismo; y, además, herido en un hombro.

—Cabal; todavía está aquí.


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